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La Casa Mínima: mitos y verdades de la pequeña pero llamativa vivienda de San Telmo

julio 19, 2022

La Ciudad de Buenos Aires está repleta de obras arquitectónicas que envuelven cierto halo de misterio y que abren la puerta a la curiosidad de los cientos de transeúntes que recorren sus calles a diario. La Casa Mínima o del Esclavo, no es la excepción.

Si bien hablamos de una ciudad cosmopolita que está en constante cambio y en busca de avances, Buenos Aires cuenta con muchas edificaciones que mantienen las fachadas y los estilos que, años atrás, sus creadores decidieron darles.

Entre estas maravillas de la arquitectura nos encontramos con la llamada “Casa Mínima” (aunque también tiene otros nombres como “Casa Angosta” o “Casa del esclavo”) que se sitúa en el corazón del barrio de San Telmo.

Pocos deben conocer el Pasaje San Lorenzo, que se extiende por sólo 200 metros, desde la avenida Paseo Colón hasta la calle Defensa al 700. Antes de ser pavimentado, corría un arroyo que desembocaba en el Río de la Plata. Cuando se secó, se convirtió en basural y con el correr de los años se convirtió en un pequeño barrio con varias casas construidas a los costados.

Esta callecita de adoquines hace que en este espacio se respire historia y se disfrute de un profundo silencio en plena Capital Federal.

Ahí mismo es donde se irgue impoluta y ajena al paso del tiempo la “Casa Mínima”, una edificación de dos pisos que cuenta con 2,5 metros de ancho y tan sólo 13 de profundidad, aunque desde el exterior y en comparación con las viviendas que la rodean, parece más pequeña.

La historia que encierra sus paredes puede ser algo complicada y engorrosa para explicar, pero cabe destacar que la leyenda que cautiva en primera medida es la que le da el nombre de “Casa del esclavo”.

Según la creencia popular, allá por el siglo XVIII, los amos que daban libertad a sus esclavos le cedían estas pequeñas viviendas para que tengan su techo propio y pudieran comenzar su nueva vida.

Otros tantos creen que las utilizaban como tumbas de los esclavos fieles, para tenerlos cerca de la familia a la que habían servido.

Varios estudios realizados determinaron que nada de eso es cierto y que se trató de rumores cuyo objetivo era hacer quedar bien parados a los terratenientes y su buena relación con los esclavos.

De las investigaciones de arquitectos y arqueólogos se desprendió que la vivienda era en realidad, parte de una casa más grande que fue sufriendo modificaciones a lo largo de los años y con el paso de sus distintos dueños.

La “Casa Mínima”, a pesar de sus años de vida, se mantiene en buen estado de conservación dado que todos sus ocupantes siempre se encargaron de hacer las tareas de mantenimiento indispensables para poder habitarla.

Sin embargo, sufrió algunos cambios, las puertas no son las originales, la fachada tiene dos tipos de ladrillos distintos que indican que hubo una reforma, también, se colocó un dintel cuando cambiaron las puertas; tiene un arco de mampostería que conduce al patio, el cual fue reformado en 1895 para adaptar la cocina. 

Por otro lado, los pisos del vestíbulo son de mosaicos calcáreos decorados con un diseño geométrico y los del patio, si bien son del mismo material, forman un damero rojo y amarillo. Se cree que estas reformas se realizaron al mismo tiempo que el cambio de las puertas.

Sea cual sea la historia, los planos, la decoración o las reformas, no quedan dudas de que esta casita llama la atención de muchos, sobre todo de los turistas que suelen sacarse fotos en las puertas, como alguna vez lo hizo el propio Jorge Luis Borges.

Pero, ¿por qué “Casa Mínima”?

Más allá de la obviedad de su tamaño, este nombre se lo dio el poeta Baldomero Fernández Moreno quien supo escribir sobre esta pequeña vivienda en más de una oportunidad y así la describía:

“Una fachada lisa, con una puerta de dos hojas en el medio pintadas de verde con una cerradura y falleba de hierro, y con el número en alto, como una flor en la solapa. Es de dos plantas. Exactamente encima hay un balconcito con barrotes verticales de hierro; detrás de la vidriera de dos hojas y las dos cortinillas iguales, pliegue a pliegue. A un lado del balcón un cacharro con geranios rojos, al otro lado otro cacharro con geranios rojos. En el intervalo cuatro macetas. Y luego, la cornisa: un repulgo de argamasa. La casa se prolonga hacia atrás, pero parece sólo con esa habitación, con esa celda”.

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